De la vida, el amor y las tradiciones

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De la vida, el amor y las tradiciones

Por: Sharick Orozco y Valeria Vélez La Florentina es una caja de sorpresas. Adentrarse en aquella finca que vio crecer a una numerosa famil

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Por: Sharick Orozco y Valeria Vélez

La Florentina es una caja de sorpresas. Adentrarse en aquella finca que vio crecer a una numerosa familia en el barrio El Ferry es como transportarse al pasado en espacio y tiempo. Su apariencia es casi tan sorprendente como las incontables historias albergadas en muebles tradicionales, un patio de ensueño y la memoria de sus protagonistas.

Al bajarnos del motocarro, nos saludó el alboroto de la carretera y el bullicio proveniente de una venta de fritos, justo al lado de la casa de Magaly de la Hoz Navarro, quien nos abrió las puertas de su hogar con una sonrisa y nos invitó a pasar al patio para conversar más cómodas.

La mujer barranquillera, de 68 años, llevaba el cabello negro decorado con algunas canas atado en un rodete, unos lentes de prescripción color café y una batola azul que le llegaba hasta los pies; nos guio por la sala decorada con muebles antiguos hasta un patio grandísimo que empezaba enmarcado por dos árboles (uno a cada lado) y continuaba con un camino de plantas en materas de barro. A un costado, una casita de juegos albergaba a una perra negra que descansaba tranquila en la parte alta y un corral de pajaritos abajo. De los árboles junto a la casita colgaban dos jaulas con tres loros conversadores y en la tierra caminaban a paso lento un par de morrocoyos. Del otro lado, las flores rosadas y blancas adornaban la jaula de dos guacamayas de plumas amarillas y azules.

Nos sentamos al fondo del patio, bajo techo, en una mesa de madera oscura, con una pequeña plantación de matas de guineo en la otra esquina del patio y logramos nutrir los retazos que conocíamos de la historia de Magaly con los relatos compartidos en aquella tarde calurosa de finales de septiembre.

Corría el año 77’ cuando la joven Magaly de 21 años, que trabajaba como secretaria para la empresa Cootrasol en Barranquilla, conoció a José Arnaldo Jassir Agilvis, un hombre  nortesantandereano  de  ascendencia  palestina-

venezolana que era 15 años mayor y socio de la cooperativa.

“Como hombre nunca me había gustado porque solo lo había visto dos o tres veces, al final las cosas se dieron, pero él era un hombre con mujer e hijos”, dijo con naturalidad.

La popular promesa de “no te preocupes, ya nos estamos separando” terminó por convencer a la joven de irse a vivir con quien fue su marido durante los siguientes 38 años. Sin embargo, como era de esperarse, él nunca se separó de su esposa y, con el tiempo, Magaly se enteró que sus hijos no eran solo los tres de los que ella tenía conocimiento, sino trece y con distintas mujeres.

A lo largo de sus años, José Jassir tuvo 24 hijos: 16 mujeres y 8 varones. Además de la mujer a la que nunca dejó, se llevó la cuenta de una mujer con la que se casó en Cúcuta cuando Magaly tenía cuatro años, una mujer proveniente de Barrancabermeja con la que se casó en Venezuela, una indígena que compró en La Guajira y Magaly.

La sorpresa fue grande al enterarnos que la mayor de la descendencia tiene apenas cuatro años menos que Magaly que, físicamente, luce mucho mayor.

Jassir le compró a Magaly una casa hermosa y vivía simultáneamente con ambas mujeres (mientras también estaba con la guajira). Magaly vivía acompañada de su tía Yolanda y dejó de trabajar en la cooperativa para convertirse en la secretaria de su marido desde aquel entonces.

Después de los primeros tres años de convivencia, el hombre por fin le contó de Magaly a su esposa y terminaron por convertirse en una sola familia. Aunque al principio la esposa no se tomó bien la impactante noticia, con el tiempo pareció resignarse a mantener una relación cordial con Magaly.

Jassir era un hombre muy severo y terco. A Magaly, y luego a sus hijas, no le permitía ni salir a la calle, ni usar perfume, ni bailar. Tenía una persona que hacía el mercado, otra que transportara a sus hijas a la escuela, alguien que las llevara al médico, a su hermana que le compraba la ropa y las vacaciones a Riohacha, Maicao y Venezuela solo eran con él presente.

—Antes de darte calle, te dejo. En mí no cabe que una mujer ande en la calle.

Magaly, agrega que, como su marido, que era de lengua mala, había sido infiel tantas veces, creía firmemente que mujer en la calle ‘montaba cacho’.

Como los hijos nacían de a tres por año, José compraba todo por igual para ambas casas: llevaba dos cajas de compras, ropa por docenas para todos los niños, dos cajas de pañales y demás. Asimismo, compraba vacas, chivos y otros animales para la mujer que tenía en La Guajira hasta que la dejó cuando tuvo a la tercera de sus cinco hijos juntos.

A medida que escuchábamos su relato, nos preguntamos si nunca sintió ganas de dejarlo todo. Su respuesta fue que sí, sobre todo cuando perdió a su primogénito de tan solo seis meses.

—Me voy. Ya no soporto tu desorden de mujeres— le dijo Magaly a su marido.

—Bueno, vete— respondió él.

—No, tú me sacaste de mi casa y tú me tienes que llevar.

Sin embargo, cuando la separación estaba decidida, el bebé enfermó y Magaly no quería ser una molestia en casa de sus padres así que prefirió esperar a que su hijo mejorara. Lamentablemente, ese momento nunca llegó y, cuando el niño falleció, Magaly sintió que no había nada que la retuviera de volver a su casa.

Cuando Jassir volvió a casa y no encontró a su mujer, enfurecido amenazó con quemar la vivienda y, borracho, fue a buscarla a primera hora para llevársela de vuelta y los hermanos de Magaly que guardaban resentimiento con el hombre por la pérdida de su sobrino, terminaron envueltos en una escandalosa pelea en la mitad de la calle. Al final, Jassir tomó a Magaly, la subió a su auto y se la llevó a Bogotá sin previo aviso en medio de su doloroso luto.

Al regresar del viaje, Jassir dejó a Magaly en la puerta de sus padres como ella pidió desde el inicio. Aun así, él no dejaba de insistir en que volviera con él y, por miedo a más conflictos, la mamá de Magaly le sugirió volver y juntar dinero suficiente para irse lejos y poder estar en paz.

Magaly regresó, tuvo a sus hijas Dayana, Jissell y Nathaly y, aunque las ganas de irse no faltaron varias veces, se quedó.

Para el año 1995, Magaly y sus hijas empezaron a vivir en una finca llamada La Selva en El Ferry, cerca de la finca La Florentina, en la que vivían su marido, su esposa y sus hijos.

Al señor Jassir le gustaba comprar animales exóticos, por lo que La Selva le hacía honor a su nombre al albergar a un sinfín de especies: tenían flamencos, alcatraces, monos, perezosas, faisanes, un pavo real, gansos, guacamayas, culebras, tortugas, perros, chavarrias y un corral inmenso de gallinas chinas.

A medida que los hijos fueron creciendo y tomando sus propias decisiones —como que la hija de 15 años se escapara con el hijo de la trabajadora de su casa—, el señor Jassir empezó a culpar a la esposa por todo. Cuando depositó sobre ella la carga por la muerte de su hijo de 19 años, fue como derramar la gota que rebasaría el vaso. Cuando Jassir salió de viaje, ella también se fue, por segunda vez y para no volver, hace más de veinte años.

“Yo le digo que ese fue el amor de su vida, porque fue la única que se dio el lujo de dejarlo dos veces, siendo que él dejaba a las mujeres», dijo Magaly, refiriéndose a su esposo en presente, como por costumbre.

Cuando la mujer partió, la finca quedó intacta por dos años, el hombre vivía solo y Magaly, que siguió viviendo con sus tres hijas en La Selva, le traía las tres comidas todos los días porque él solo las visitaba cuando estaba borracho. Cuando, como quién dice, ya la otra no volvió, Jassir decidió que Magaly se mudara a La Florentina.

El señor José tenía parentesco con los dueños de la Gran bodega y con los Saieh de Jassir, quienes eran originalmente los dueños de La Florentina, una de las cinco fincas de extranjeros que conformaban el barrio en sus inicios.

La madre de Jassir murió en esa finca y, quizá para sentirse cerca de ella, se las compró a sus primos y se negó a vivir en otro lugar.

“Esta era la casa de él, él amaba esta casa. Me decía “mija, mudémonos”, y después se venía y me dejaba allá en La Selva. Eso era una cosa de locos, yo vivía aquí tres meses, cinco meses, 11 meses y después nos mudábamos. Íbamos, veníamos: en otra casa, en Maicao… Así estuvimos hasta hace veintipico de años que le dije que no me movía más”.

Años después, la mujer de La Florentina sufrió una isquemia y terminó muriendo en Valledupar. Aun así, ella y Magaly lograron encontrarse por última vez para perdonarse por todo el daño que se hicieron y el dolor que se causaron con palabras necias y acciones imprudentes.

El señor Jassir, que siempre prefirió ser su propio jefe, era un gran comerciante; compraba y vendía de todo. Desde 1983 empezó con el negocio de las pesqueras. Fue dueño de Pescados y Alimentos Frescos Ya Listo, una pescadería de renombre en la ciudad en aquella época en la que trabajaba toda la familia. “Él decía que la mujer sin hacer nada no le gustaba, que las mujeres tenían malos pensamientos si estaban sin oficio” decía Magaly. “Nosotros surtíamos Olímpicas, Carullas, todas las pesqueras del mercado y distribuíamos en Cartagena, Bogotá, Cali…”, señalaba Magaly. “Mi marido sacaba unas cuentas fabulosas, pero para escribir y contar dinero era malo. Como yo adquirí practica trabajando en cootrasol, le manejaba todo el negocio y la plata que iba para cada familia, yo sabía las cuentas, quién debía, el banco, las casas, todo.”

“Mi marido dice que yo lo alineé a él y yo siempre le dije que ya lo había agarrado cansado después de tanto desorden” dijo entre risas, “yo creo que él habría tenido mucha más plata de la que tuvo de no ser porque no guardaba nada”. Cuando bebía con los amigos, el señor Jassir improvisaba viajes a Bogotá que duraban varios días. Luego, llamaba a su mujer:

—Mija, estoy empeñado aquí, mándame plata pa’ regresarme.

Como los giros tardaban demasiado en llegar por aquellas épocas, Magaly tenía que buscar a alguien para que viajara hasta Bogotá a llevarle el dinero a su marido para que se pudiera regresar.

El señor Jassir era una persona diferente cuando estaba borracho. Normalmente, la gente le tenía miedo, pero en los varios días que pasaba bebiendo tenía la costumbre de dar, todo y a todos.

“Si pasaba un carro mula vendiendo guineos, le decía que le compraba todo el camión por trescientos mil pesos y después lo repartía con los vecinos. Cuando venía el circo o la Ciudad de Hierro, compraba toda la

boletería y llevaba a todos los niños del barrio. Si los niños iban a la tienda y pedían una paleta mientras él estaba ahí, compraba toda la nevera. En una Semana Santa vendió la mitad de los pescados y el resto se lo repartió a los vecinos de su suegra que llegaban emocionados con poncheras y calderos”, nos contaron Nathaly y Magaly.

Las Jassir De La Hoz crecieron llenas de restricciones y prohibiciones, aunque lograron explorar el mundo mientras crecían a escondidas de su papá porque su mamá, que ya había disfrutado de su juventud, no quería que ellas vivieran encerradas.

Para José Jassir, un hombre de criterio fuerte al que le gustaba que todo se hiciera bajo sus términos, las tradiciones y costumbres siempre fueron un pilar innegociable para él.

—Bendición — le decían las niñas a su padre cada vez que se lo cruzaban.

—Dios la bendiga — respondía, pero solo cuando estaba de humor.

Algunos días, el hombre se levantaba de mal genio sin razón aparente, pasaba el día silbando, sin hablarle a nadie. Magaly le hacía el tinto y se lo dejaba en la mesa, le servía el desayuno y no se lo comía. A la hora del almuerzo, recogía el plato intacto de la mañana y repetía el proceso hasta la cena.

— Nosotras siempre le decíamos que para qué le seguía poniendo comida, si fuéramos nosotras se lo dejáramos ahí tirado — dijo Nathaly.

—Pues peor él que sacaba la plata y no comía.

Por otro lado, Nathaly recuerda con cariño cómo su papá llenaba una alcancía en forma de cerdito con todas las monedas que traía de sus viajes y, en diciembre, rompía únicamente el hocico para poder pegarlo más tarde y volver a usarlo el próximo año. Con ese dinero, compraba los tres estrenos de las tres niñas. Aunque no pudieran lucirla por mucho tiempo en las fechas especiales porque a su padre rara vez le agradaban las fiestas.

El señor Jassir consideró frenar los estudios de sus hijas cuando terminaran el bachillerato y darles negocios para administrar. Magaly no estuvo de acuerdo.

—A mis hijas no les dejes herencia a mis hijas, dales estudio, porque tú le dejas tres pesos y cuando se los gasten van a quedar en nada. En cambio, ellas se van a defender toda la vida con lo que aprendan.

Sin embargo, una vez accedió a enviarlas a la universidad, empezando por Dayana, la mayor, los cuestionamientos del padre no tardaron en llegar:

—¿Tú sí te comes el cuento de que esa muchacha pasa desde las seis de la mañana en la calle estudiando?

—Te voy a decir una cosa: ahora la juventud sabe más que uno. Ella sabe que si sale con una barriga

antes de tiempo se le fregó la vida. Ahí verá si se mete a bruta— le respondía Magaly con simpleza. Las hijas se casaron sin la aprobación de su padre.

Nathaly, la menor de todos los hijos y la luz de los ojos del señor Jassir, llevó a casa a su novio para pedirle la bendición a su papá quince días antes de la boda. Después de un estruendoso reclamo y un par de amenazas, se encerró rabioso en su cuarto sin dejar hablar al muchacho.

El día de la boda el hombre no comió nada, se negó a hablarle a su hija y se entristeció tanto que terminó por empeorar su salud.

  • Dile que si se quiere divorciar yo le pago el
  • Pero ¿qué vamos a hacer si está embarazada?
  • ¡Le criamos a la hija o hijo, lo que sea! pero que se venga pa’ acá.

Cuando estaba muriendo, Jassir pidió que llevaran al hospital a su yerno. Le pidió perdón y le encomendó cuidar a su hija y a la bebé en camino. A Magaly le pidió que desocupara una casa que tenía cerca de la finca para que su hija se mudara cerquita y pudiera verla. Nathaly aún vive en esa casa.

La costumbre sagrada de matar un chivo durante la pascua para marcar con su sangre la puerta de la casa y luego compartir su carne en familia se mantuvo en la incluso luego de que el señor fuese enterrado en el Cementerio Universal de Barranquilla junto a su madre. El chivo ya estaba listo para el sacrificio cuando la salud de Jassir se agravó a causa de un cáncer de esófago detectado demasiado tarde, poco antes de la Semana Santa de 2015. La familia comió carne de cordero al cumplirse el primer mes de su muerte en una conmemoración al estilo guajiro.

Contra todo pronóstico, la gran familia Jassir es, dentro de lo que cabe, bastante unida. Después de la muerte de su marido, a Magaly le quedaron los hijos y los nietos de su esposo que actualmente están repartidos por Europa, Venezuela y toda Colombia.

En cuanto a la herencia, cinco de los hijos no estuvieron incluidos y eso desencadenó cierta discordia en la familia. Magaly, que encontraba injusto que esos hijos no recibieran nada, le cedió las escrituras de dos pesqueras a una de las hijas mayores y le confió vender los terrenos para repartir las ganancias entre los hermanos que quedaron por fuera de la herencia. Sin embargo, la mujer se quedó con todo el dinero y dejó de contestar las llamadas de Magaly, quien ahora lamenta haber perdido a esos hijastros a los que quiso ayudar. Las hijas de la guajira heredaron en vida una casa y dos negocios (panadería y llantería) que se perdieron con el tiempo por mala administración.

“Ellos se conservan unidos y me quieren. Todos vienen acá a la casa, cada vez que vienen a Barranquilla se bajan aquí”. Sus hijastros en París, su hijastra en Bogotá (que prefiere ser llamada hija de Magaly a pesar de la nula similitud en apariencia) y su hijastro en Barrancabermeja la llaman con frecuencia para saber cómo está. Magaly incluso mantiene contacto con la esposa de Barranca, que hace muchos años también vivió en El Ferry. “La que nunca me quiso fue la india que compró, pero a esa le crie a las hijas, ellas vivieron conmigo y una de ellas también me llama”, nos contó Magaly.

Hoy, solo Magaly y su tía Yolanda viven tranquilas en La Florentina. La Selva, que aún conserva algunos animales y ahora refugia a animales callejeros rescatados, se convirtió en un próspero negocio hotelero, con un grandísimo parqueadero de mulas, un restaurante e incluso una bonita piscina. Sus tres hijas, por las que siempre dio todo, siguen cerca y sus nietos visitan la casa todos los días inundándola de risas y travesuras.

La huella del señor Jassir permanece intacta al lado del umbral de la primera alcoba donde yace su sombrero favorito y a la mochila roja de detalles amarillos que siempre llevaba puesta.

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